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Cualquier gerente, directivo, empresario o mando intermedio de una empresa o persona que esté al frente de un negocio o de un grupo humano, se ve inexorablemente obligado a tomar decisiones continuamente. Aunque, con frecuencia, no sea consciente de ello, las cosas son así. Hay que elegir caminos, seleccionar personas, dar órdenes, elaborar programas, planificar acciones y mil cuestiones más continuamente. Todas no serán del mismo nivel ni tendrán la misma importancia, pero requieren tomar decisiones. Exactamente lo mismo que sucede en la vida de las personas, individualmente consideradas. Es preciso decidir infinidad de veces.
La toma de decisiones, para ser adecuadamente planteada, exige:
• Saber cuales son los objetivos o la meta a alcanzar
• Qué camino hay que recorrer, es decir que hay que hacer para llegar a ese objetivo.
• Conocer dos o más alternativas.
• Ser consciente de los límites o dificultades que existen en cada una de ellas.
• Tener la información suficiente.
• Analizar y evaluar estas diferentes alternativas
• Concluir cuál es la mejor o la más aconsejable, dadas las circunstancias, de esas alternativas posibles.
Concluimos resaltando que se aprende a decidir decidiendo, a elegir eligiendo igual que se aprende a andar caminando. Y esto, que parece una perogrullada, significa que hay tomar decisiones en el mundo empresarial aunque exista riesgo, que habrá equivocaciones y fallos. Esto, en lugar de desanimar, debe de tomarse como un aprendizaje en el campo de nuestra libertad. Elegimos, tomamos decisiones porque somos libres, porque ponemos nuestro entendimiento y nuestra voluntad al servicio de esas decisiones que hemos de tomar. De esos errores aprendemos, nos dan experiencia para elegir mejor.